February 3, 2019

Jesus too experienced the difficulty and pain of being a prophet in his own country. He too experienced the rejection of friends and neighbors.  For example, today’s gospel shows us what happened when Jesus preached his very first sermon in his hometown after returning from his baptism in the Jordan.  When Jesus stood up and told his friends and neighbors that “the spirit of the Lord” was upon him and that he was fulfilling the Scriptures, they were shocked. A wave of disbelief swept across the synagogue. The people began to whisper to one another.  “Isn’t this Joseph’s son? Isn’t he like us, a poor villager of Nazareth? Who does he think he is, pretending to be a prophet? Where is his credential to prove that he’s God-appointed  –  not self-appointed?”  Then the whispers grew louder and louder. Soon they became shouts. And, suddenly, the situation snowballed out of control.  Let’s ask ourselves, “am I one of those? Do I really love Christ or, to put it in a more personal way, do I really love myself? If I do, I will not risk losing my place in the eternal kingdom for the sake of some paltry pleasure or gain in this present life which will end for me so very soon.”

Fr. Benjamin Hembrom, TOR

Jesús también experimentó la dificultad y el dolor de ser un profeta en su propio país. Él también experimentó el rechazo de amigos y vecinos. Por ejemplo, el Evangelio de hoy nos muestra lo que sucedió cuando Jesús predicó su primer sermón en su ciudad natal después de regresar de su bautismo en el Jordán. Cuando Jesús se levantó y le dijo a sus amigos y vecinos que “el espíritu del Señor” estaba sobre él y que estaba cumpliendo las escrituras, se sorprendieron. Una oleada de incredulidad barrió por la sinagoga. La gente comenzó a susurrar el uno al otro. “¿No es este el hijo de José? ¿No es como nosotros, un pobre aldeano de Nazaret? ¿Quién se cree que es, pretendiendo ser un Profeta? ¿Dónde está su credencial para demostrar que él es Dios-designado-no autodesignado? Luego los susurros se hicieron más y más fuerte. Pronto se convirtieron en gritos. Y, de repente, la situación se descontroló.  Vamos a preguntarnos “¿soy uno de ellos? ¿Realmente amo a Cristo, para ponerlo de una manera más personal, realmente me amo a mí mismo? Si lo hago, no me arriesgaría a perder mi lugar en el Reino eterno por el bien de algún placer o ganancia miserable en esta vida que terminará para mí pronto.

Padré Benjamin Hembrom, TOR